Cómo mejorar los paseos de tu perro: cinco cosas que cambiaron los nuestros

Cómo mejorar los paseos con tu perro

No hubo un gran cambio. Fueron pequeños hábitos que aparecieron poco a poco y que, casi sin darme cuenta, terminaron transformando nuestra forma de pasear.

Después de escribir sobre qué significa para mí un paseo enriquecedor, me di cuenta de algo.

Muchas de las cosas que hoy forman parte de nuestros paseos no aparecieron de un día para otro.

No encontramos una técnica milagrosa.

Ni una rutina perfecta.

Simplemente fueron apareciendo pequeños hábitos que, con el tiempo, terminaron formando parte de nuestra rutina.

Cada perro es diferente.

Y esta no pretende ser la forma correcta de hacer las cosas.

Es, simplemente, la nuestra.

 

1. Hay días en los que la pelota se queda en casa.

Durante mucho tiempo la pelota nos acompañaba siempre.

Parecía imprescindible.

Pensaba que un buen paseo tenía que incluir juego.

Hoy sigue habiendo días en los que jugamos.

Y a Love le sigue encantando correr detrás de la pelota.

Pero también hay muchos otros en los que ni la llevamos con nosotras.

Porque entendí que no todos los días necesitan el mismo paseo.

Hay días en los que jugar es exactamente lo que buscan.

Y otros en los que descubrir el entorno ya llena por completo el paseo.

 

2. Seguimos eligiendo espacios verdes siempre que podemos.

Esto, en realidad, nunca cambió.

Desde que Love llegó a mi vida siempre intenté que nuestros paseos tuvieran césped, árboles y tierra siempre que fuera posible.

Simplemente sentía que ellas disfrutaban mucho más allí.

Con el tiempo entendí que no era solo una sensación.

En un espacio verde encuentran muchos más olores, texturas y cosas por descubrir que caminando entre aceras.

Por eso, cuando puedo elegir, sigo prefiriendo un parque antes que una calle.

No porque un paseo por ciudad tenga menos valor.

Sino porque he visto una y otra vez cómo cambia su forma de caminar cuando pisan el césped.

 

3. Hay paseos en los que el mejor plan es no tener ninguno.

Antes sentía que siempre teníamos que hacer algo.

Jugar.

Caminar.

Movernos.

Hoy hay días en los que llegamos al parque y simplemente nos sentamos un rato al sol.

Ellas observan.

Huelen el aire.

Miran a otros perros pasar.

Yo hago exactamente lo mismo.

No pasa nada extraordinario.

Y, precisamente por eso, esos paseos se han convertido en algunos de mis favoritos.

 

4. Ellas también participan en el paseo.

No significa que ellas decidan todo.

Los paseos siguen teniendo límites.

Pero, dentro de ellos, intento dejarles espacio para elegir.

A veces quieren seguir un camino diferente.

O quedarse un rato más oliendo un mismo rincón.

O detenerse a observar algo que a mí me habría pasado completamente desapercibido.

Antes probablemente habría seguido caminando.

Hoy intento esperar un poco más.

Porque muchas veces descubro que esos pequeños momentos también forman parte del paseo.

 

5. Ya no espero lo mismo de todos los paseos.

Creo que este ha sido uno de los cambios más importantes.

Hay días en los que el paseo empieza oliendo.

Otros en los que lo primero que hacen es correr.

A veces jugamos.

Otras simplemente caminamos.

Hay momentos en los que ellas deciden parte del camino.

Y otros en los que lo decido yo.

Con el tiempo entendí que no necesitaba controlar cada minuto del paseo.

Solo necesitaba darles espacio para vivirlo.

Eso también significa respetar cuando un olor les parece mucho más interesante que seguir caminando.

O cuando quieren quedarse unos minutos observando algo que yo ni siquiera había visto.

Al final, nuestros paseos nunca acaban siendo iguales.

Y creo que precisamente ahí está su magia.

No sé cómo serán nuestros paseos dentro de unos años.

Probablemente volverán a cambiar.

Love y Chloe siguen enseñándome cosas casi cada día.

Pero hay algo que espero no olvidar.

Los mejores paseos no siempre son los más largos.

Ni los que hacemos en el parque más bonito.

Muchas veces son aquellos en los que volvemos a casa con la sensación de haber compartido un buen rato.

Sin prisas.

Sin expectativas.

Simplemente disfrutando del camino.

Y creo que, al final, eso es lo que más ha cambiado nuestra forma de pasear.

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