Todo empezó con una conversación. Hoy es uno de esos momentos que más disfruto compartiendo con Love y Chloe.
Hubo un tiempo en el que no sabía prácticamente nada sobre los juegos de olfato.
Fue mi adiestrador quien empezó a hablarme de ellos.
Hasta ese momento nunca me había planteado que utilizar la nariz pudiera convertirse en un juego.
Cuando empecé a investigar un poco más, entendí algo que me llamó mucho la atención.
Los perros llevan toda la vida utilizando el olfato para descubrir y entender el mundo que les rodea.
Es su forma principal de recoger información sobre todo lo que ocurre a su alrededor.
No era una actividad inventada para entretenerlos.
Era algo completamente natural para ellos.
Así que decidimos probar.
Y, sin darme cuenta, acabó convirtiéndose en una de nuestras actividades favoritas.
El primer juego fue mucho más sencillo de lo que imaginaba.
No compré ningún juguete.
Ni preparé nada complicado.
Simplemente escondimos algunos premios entre el césped y dejamos que Love los encontrara a su ritmo.
Recuerdo quedarme mirándola.
No tenía ninguna prisa.
Solo olía.
Buscaba.
Seguía un rastro.
Y disfrutaba de todo el proceso.
Cuando encontró el último premio pensé que ya había terminado.
Pero volvió a levantar la nariz y siguió buscando.
Como si todavía quedara alguno escondido.
Creo que ese fue el momento en el que entendí que no estaba buscando únicamente comida.
Estaba disfrutando del proceso.
Con el tiempo, cuando vimos que aquello les encantaba, empezamos a probar juegos diferentes.
Primero escondiendo premios por casa.
Después llegaron los juguetes de olfato.
No porque los anteriores dejaran de funcionar.
Sino porque nos apetecía seguir ofreciéndoles nuevos retos y nuevas formas de jugar.
Hoy seguimos alternando ambas cosas.
Hay días en los que simplemente escondemos algunos premios por el césped.
Otros por casa.
Y otros en los que sacamos alguno de sus juguetes favoritos.
Love y Chloe no juegan igual.
Creo que una de las cosas que más me gusta de convivir con dos perros es descubrir que, incluso compartiendo la misma casa y las mismas rutinas, cada una vive las cosas de una forma diferente.
Love suele empezar mucho más deprisa.
Encuentra un premio y enseguida quiere ir a por el siguiente.
Chloe, en cambio, se toma su tiempo.
Va oliendo con muchísima calma.
Como si quisiera asegurarse de no dejarse ningún rincón por explorar.
Las dos utilizan la nariz de una forma increíble.
Y las dos disfrutan muchísimo.
Si un juego se alarga demasiado pueden llegar a frustrarse un poco.
Pero incluso eso tiene algo bonito.
Muchas veces levantan la cabeza, me miran y parece que me estén pidiendo ayuda para seguir buscando.
Fue entonces cuando entendí que tampoco existe una única forma de jugar.
Igual que nosotros, cada perro disfruta a su manera.
Los juguetes de olfato llegaron después. Y hoy ocupan un lugar muy especial en nuestra rutina.
Durante un tiempo solo escondíamos premios por el césped o por casa.
Y, sinceramente, seguimos haciéndolo.
Pero con el tiempo descubrimos que los juguetes de olfato nos permitían crear retos diferentes.
Algunos les invitan a buscar entre pliegues de tela.
Otros a levantar pequeñas piezas.
Otros esconden los premios de formas completamente distintas.
Cada uno propone una experiencia diferente.
Y eso hace que el juego nunca sea exactamente igual.
Los juguetes nunca sustituyeron aquellos primeros juegos en el césped.
Simplemente ampliaron las posibilidades de seguir disfrutando del olfato de formas diferentes.
Hay una escena que se repite casi siempre.
Todavía no he terminado de esconder los premios y Love ya está completamente atenta.
Con la cola rígida.
Los ojos muy abiertos.
Sin perder detalle de cada movimiento.
Chloe, en cambio, espera sentada.
Muy quieta.
Mirándome sin apartar la vista.
Las hago esperar.
Y, cuando les doy la señal para empezar, parece que durante unos minutos no exista nada más.
Solo ellas.
Su nariz.
Y las ganas de encontrar el siguiente premio.
Cuando terminan, casi siempre ocurre lo mismo.
Las dos levantan la cabeza y me miran.
Como si me estuvieran diciendo que todavía queda otra ronda.
Y, la verdad, muchas veces tienen razón.
Hoy los utilizamos en muchos momentos diferentes.
No hacemos juegos de olfato todos los días.
Pero sí aparecen muy a menudo.
Especialmente en verano, cuando hace demasiado calor para alargar los paseos.
O esos días de lluvia en los que pasamos más tiempo en casa.
Con el tiempo dejaron de ser un plan B.
Hoy forman parte de nuestra rutina durante todo el año.
Hay días en los que simplemente nos apetece hacer algo diferente juntas.
Y sacar un juguete de olfato siempre consigue captar toda su atención.
Cuando terminan, las noto relajadas.
Tranquilas.
Con esa sensación de haber disfrutado de verdad.
Y creo que yo disfruto viéndolas tanto como ellas jugando.
Si hoy alguien me dijera que solo puedo quedarme con un tipo de juguete para ellas, creo que lo tendría muy claro.
Me quedaría con un juguete de olfato.
No porque sea el más bonito.
Ni el más llamativo.
Sino porque, después de todos estos años, sigue siendo uno de los juegos que más disfrutan.
Y también uno de los momentos que más disfruto compartiendo con ellas.
Me encanta ver cómo Love encuentra un premio y enseguida empieza a buscar el siguiente.
O cómo Chloe sigue revisando cada rincón con paciencia, convencida de que todavía queda alguno escondido.
Son escenas muy pequeñas.
Pero me recuerdan que muchas veces no hace falta hacer grandes cosas para hacerlas felices.
Quizá por eso, después de tanto tiempo, los juegos de olfato siguen ocupando un lugar tan especial en nuestra vida.
