Durante mucho tiempo pensé que un buen paseo terminaba cuando Love volvía cansada a casa. Hoy sigo disfrutando viéndola correr. Pero ya no creo que ese sea el objetivo.
Love salía del portal completamente acelerada.
Y yo también.
Cuanto antes llegáramos al parque, mejor.
Durante mucho tiempo nuestros paseos fueron casi siempre iguales.
Llegábamos.
Sacaba la pelota.
Jugábamos una y otra vez.
Y volvíamos a casa con la sensación de haber aprovechado bien el paseo.
Ella había corrido.
Había jugado.
Yo estaba convencida de que eso era exactamente lo que necesitaba.
Pero había algo que nunca terminaba de encajar.
Yo llegaba a casa pensando en descansar un rato.
Love, en cambio, cogía un juguete.
Recorría el pasillo.
Volvía a mirarme.
Como si el paseo todavía no hubiera terminado.
Recuerdo hacerme muchas veces la misma pregunta.
¿Cómo puede seguir teniendo tanta energía?
Durante mucho tiempo pensé que la respuesta era muy sencilla.
Necesitaba más.
Y cuanto más acelerada la veía, más intentaba cansarla.
Hoy creo que aquella fue una de las mayores equivocaciones que cometí.
La pregunta que cambió por completo nuestra forma de pasear
Hubo un día en el que dejé de buscar maneras de hacerla correr más.
Y empecé a hacerme una pregunta completamente distinta.
¿Y si no le faltaba movimiento?
Nunca me había planteado que un paseo también pudiera incluir momentos de calma.
Así que empezamos poco a poco.
Caminábamos sin tanta prisa.
Nos sentábamos unos minutos en un banco.
Dejé de sentir que cada minuto tenía que estar lleno de actividad.
Y empecé a dejar que Love oliera todo el tiempo que necesitara.
También incorporamos pequeños ejercicios de calma y entrenamiento.
Love sigue siendo exactamente la misma.
Curiosa.
Intensa.
Llena de energía.
Y eso me encanta de ella.
Pero poco a poco aprendió a detenerse.
A observar.
Y a relajarse mucho mejor que antes.
Lo curioso es que, mientras ella aprendía todo eso, yo también estaba cambiando.
Sin darme cuenta, había dejado de preguntarme cuánto había corrido.
Y había empezado a fijarme en todo lo que era capaz de descubrir durante el paseo.
Entonces llegó Chloe
Cuando pensaba que ya empezaba a entender los paseos, llegó Chloe.
Y volvió a cambiar mi forma de ver muchas cosas.
Si Love me había enseñado que no todo consistía en correr, Chloe terminó de recordarme que tampoco todos los perros disfrutan del paseo de la misma manera.
Ella también jugaba.
Pero había algo diferente en su forma de descubrir el mundo.
Podía quedarse un buen rato siguiendo un mismo olor.
Observando a otros perros.
O simplemente sentada mirando todo lo que ocurría a su alrededor.
Mientras Love muchas veces prefería seguir explorando por su cuenta, Chloe disfrutaba muchísimo compartiendo tiempo con otros perros.
Sin prisas.
Sin necesidad de que ocurriera nada más.
Viendo a las dos entendí algo muy sencillo.
No existe un paseo perfecto.
Porque tampoco existen dos perros iguales.
Y, si ellas necesitaban cosas diferentes viviendo la misma vida, ¿por qué iba a existir una única forma correcta de pasear?
Un día descubrí que aquella forma de pasear tenía un nombre
Tiempo después descubrí que todo aquello tenía un nombre.
Paseo enriquecedor.
Aunque, si soy sincera, sigo prefiriendo pensar en él de otra manera.
Para mí es un paseo que deja espacio para ser perro.
Un paseo en el que pueden correr cuando les apetece.
Seguir un olor hasta el final.
Jugar.
Relacionarse con otros perros.
Observar.
Pararse.
Y, siempre que sea posible, tomar pequeñas decisiones durante el camino.
Cuando empecé a leer sobre este tipo de paseos también entendí algo que antes había pasado completamente por alto.
Los perros descubren el mundo principalmente a través del olfato.
Mientras nosotros vemos un árbol o un banco, ellos reciben muchísima información sobre todo lo que ha ocurrido allí.
Quizá por eso detenerse a oler nunca fue perder el tiempo.
También era una forma de conocer el mundo.
¿Qué es un paseo enriquecedor?
Si hoy alguien me preguntara qué es un paseo enriquecedor, no creo que empezara con una definición.
Le hablaría de Love.
De Chloe.
Y de todo lo que ellas me han enseñado durante estos años.
Porque, para mí, un paseo enriquecedor no consiste en caminar más kilómetros.
Ni en volver a casa con un perro completamente agotado.
Consiste en ofrecerle un paseo que responda a sus necesidades ese día.
Habrá días en los que querrá correr.
Otros en los que un solo olor parecerá mucho más interesante que cualquier otra cosa.
Y otros en los que bastará con caminar sin prisa y observar.
Desde que empecé a verlo así, dejé de medir un buen paseo por el tiempo o por la distancia.
Empecé a fijarme en algo mucho más importante.
En todo lo que habían podido descubrir, explorar y disfrutar durante ese rato.
La pregunta que intento hacerme antes de salir de casa
No voy a decir que desde entonces todos nuestros paseos son perfectos.
Porque no lo son.
Hay días en los que voy justa de tiempo.
Hay días en los que vuelvo a mirar el reloj.
Y hay días en los que ellas probablemente querrían quedarse un rato más.
Pero ahora salgo de casa de una forma muy diferente.
Ya no siento que todos los paseos tengan que parecerse entre sí.
Algunas veces volvemos con barro en las patas.
Otras con una pelota llena de babas.
Y otras después de haber pasado diez minutos sentadas en el césped sin hacer absolutamente nada.
Ellas observando.
Yo observándolas a ellas.
Curiosamente, son esos momentos los que más recuerdo.
Porque, al final, un paseo nunca ha sido solo el camino que recorremos.
También es todo lo que compartimos mientras lo recorremos.
Quizá eso sea, para mí, un paseo enriquecedor.
No uno perfecto.
Ni uno en el que siempre hacemos las mismas cosas.
Sino uno que deja espacio para que Love y Chloe puedan vivir el paseo a su manera.
Y que, sin buscarlo, también cambió la mía.
